ALBAREDA11 - Carvalho & Ortega

El espíritu del flâneur

 

La palabra francesa flâneur, utilizada muchas veces en la literatura, especialmente la del periodo romántico,

designa, más que al paseante tal como se puede entender coloquialmente, como alguien que sale a pasear, sí, pero

de una forma despreocupada, sin un objetivo preciso y que se va dejando sorprender por lo que le va saliendo

al paso. Descubre cosas que apenas intuía, y que va almacenando en su memoria o en sus cuadernos de notas, los

carnets de viaje tantas veces utilizados por los artistas en el siglo XIX.

 

A este espíritu responde el trabajo de Sandra Carvalho (Sevilla, 1974) y Felipe Ortega-Regalado (Cáceres, 1973).

Las obras se han hecho con una idea preconcebida, eso es cierto, a través de sus paseos por parques y jardines

de Sevilla y Covadonga (Asturias), pero en esos paseos no han salido a buscar algo concreto, sino a dejarse

sorprender por la naturaleza. No han buscado una determinada planta, una creación caprichosa, una formación

sorprendente. Más bien se han ido dejando impresionar por lo que han encontrado a su paso. Han seleccionado,

individualizado, intervenido.

 

Fruto de estos paseos es una obra que va singularizando determinados “objetos”, tanto de la naturaleza como del

reino animal, que son seleccionados y/o intervenidos, dibujados o filmados.

 

Es un trabajo que ha ido, poco a poco, abordando una forma diferente de “construir” el paisaje; el paisaje

como una “construcción cultural”, pero también subjetiva, como una historia de la mirada que necesita de una

“interpretación, la búsqueda de un carácter, la presencia de una emotividad” (Javier Maderuelo1)

Una subjetividad que es tanto la de los creadores como la de la propia naturaleza, que se muestra caprichosa;

una interpretación que ellos han hecho de lo que se han ido encontrando, el carácter que le han dado a las piezas

intervenidas y la propia emotividad que se desprende de este trabajo, de este espíritu del flâneur. Si Baudelaire

salía a deambular por la ciudad, dejándose sorprender por lo que en ella, o de ella, se salía al paso, Carvalho

y Ortega-Regalado se han convertido en una suerte de flâneur naturalista.

 

Para algunos investigadores la “invención” del paisaje en Occidente llego a través de la incorporación de una

ventana en el cuadro, un espacio “natural” que rompía el fondo de la escena dejando pasar no sólo la luz, sino también dejando entrar el paisaje, se abrían las composiciones de tal manera que la realidad fingida del espacio el espiritu del flaneur pintado se multiplicaba, también en su fingimiento. Magritte hizo un experimento interesante en este sentido: delante de una ventana colocó un cuadro que representaba exactamente lo mismo que se veía a través de ella, lo

representado como fingido era lo mismo que lo real. Esa ventana podía dar lugar a equivocaciones, a pensar que

se veía lo que realmente era y no su representación (un ejercicio puramente pictórico, por otra parte), pero

esto acababa justo en los límites del cuadro, y de la ventana, el resto era la habitación.

 

En el caso de la instalación en la sala de Huellas hay una cierta semejanza con el experimento de Magritte, rompe el fondo abriendo un espacio hacia el exterior dejando entrar a la naturaleza (igualmente de una manera fingida), pero en el vídeo hay una diferencia fundamental: sus límites se expanden hacia el interior de la proyección actuando ésta como una especie de mirilla a través de la que podemos ver –o al menos imaginar- un campo mayor, el del propio parque o jardín. En fotogramas como el de las manos limpiando una hoja, moviéndose sobre ella, están las manos y la hoja, pero también la planta, el cuerpo y la acción, porque el trabajo de Carvalho y Ortega-Regalado es la naturaleza representada como un espacio en acción, mutua, compartida.

 

Para nosotros, los espectadores, el trabajo es “ponernos a mirar” que diría Luis Puelles2. Esto puede parecer

fácil a priori, pero no lo es tanto: para mirar hay que implicarse, esforzarse y tener la capacidad de descubrir.

“El arte es un estado de encuentro” (Nicolas Bourriaud3) y si esto muchas veces no se da puede ser por diversas

causas, pero hay que aceptar que en tantas ocasiones que es no sabemos mirar.

 

El resultado es una obra que dialoga con la naturaleza, convertida en objeto de arte, casi por ella misma. Resaltar una hoja limpiándola, reproducir el trabajo de una araña, escoger al azar un trozo de la corteza de un árbol... es una forma, también, de hacer arte, como muchas veces se ha hecho a lo largo del siglo XX, especialmente en la segunda mitad con el Land art.

 

Este trabajo de “deambulación” se concreta en una extensa obra, en gran parte de documentación, con dibujos, objetos recogidos en esos paseos e intervenidos por los artistas y el vídeo Huellas (13’ 53’’. 2011). Este constituye la obra en sí, mientras que las otras piezas funcionan más bien como proceso. Ahora sólo nos queda eso: ponernos a mirar ¿seremos capaces?

 

 

Juan Ramón Barbancho

 

1.Maderuelo, Javier.El paisaje. Génesis de un concepto. Madrid, Abada Editores. 2005.

2.Puelles Romero, Luis. Mirar el que mira. Teoría estética y sujeto espectador. Madrid, Abada Editores, 2011.

3.Bourriaud, Nicolas.Estética relacional. Buenos Aires. Adriana Hidalgo Editores, 2008.